No se exactamente que día nació; en Mayo aproximadamente, según el veterinario. Canelo es mi mascota, cruza de pitbull con cualquier otra raza. Cuando lo encontramos, ya tenía tres meses de edad, pero su aspecto predecía que no iba a pasar mas allá.
Para traerlo a casa, nos ganamos más de una mordida, justificada por todo el maltrato al que fue sometido.
Cuando entramos a la casa, lo pusimos en el suelo y de inmediato corrió a esconderse bajo el sillon. Le dimos agua y algo de comer. Después del baño pudimos ver la gravedad de sus heridas en el hocico y orejas.
Aun así, el pronóstico fue bastante favorable. Tardamos algunos meses para que se recuperara y muchos más para que confiara en nosotros; un dueño «preocupado» por su ausencia quiso llevárselo, sin antes pedirme dinero si es que me lo quería quedar.
«Me lo vendieron como Pitbull, no salió barato. Dame por lo menos la mitad y te lo dejo». Le cerré la puerta en las narices; jamás lo volvimos a ver.
Empezamos a buscarle un hogar pero su «rudeza» y su energía extrema no cabía en ningún lado. Aquí, cabía en todos lados: bajo el sofá, en el tapete de mi tía, en la cama de mi mamá, en la cama de mi hermano, en mi regazo, en el coche de mi novio.
Canelo no cupo en ninguna otra casa más que en la mía.
Solo nosotros sabemos que ama las botellas de plástico sobre cualquier otro juguete, que le encanta comer bolillo, tortillas recién hechas, plátanos y los bombones son su vicio.
Se sube despacito a la cama de mi mamá cuando está distraída para que ella «no se de cuenta» que ya está arriba. Le encanta jugar a las «luchitas» con mi hermano y con mis primos. Ama brincar en los charcos de agua que se hacen en el pasillo cuando lavamos el patio pero no le gusta bañarse. Ronca cuando está dormido y se queda «quietecito» cuando le ponemos su suéter.
Es muy buen guardián, pero le enseñamos a ser bueno. Su familia siempre estuvo aquí.
«Es mi familia. La encontré. Estaba aquí. Es chiquita y rota, pero es buena» —Stitch.























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